Por IAC

El Templo del Cielo

Montaje artístico con la portada del libro “El Templo del Cielo”
Montaje artístico con la portada del libro “El Templo del Cielo”, escrito por Enrique Joven (IAC) y editado por Roca Editorial, sobre una imagen del cúmulo de las Pléyades, obtenida por Daniel López/IAC, con el telescopio IAC-80, en el Observatorio del Teide, en abril de 2008, en el marco del proyecto Imagen Astronómica del Mes.

En 1618, un grupo de misioneros jesuitas viaja a China y, con ellos, parte de un extraño pergamino enviado por Johannes Kepler que podría contener el secreto de la piedra filosofal. Enrique Joven, físico e ingeniero senior del IAC, nos invita a sumergirnos en su nueva novela de misterio El Templo del Cielo, en cierto modo precuela de su otra novela El Castillo de las Estrellas (ver su propia entrada en este blog).

Sinopsis:

Lisboa, año 1618. Una carraca atestada de comerciantes, fugitivos, buscadores de fortuna, soldados y gente de toda clase y condición parte hacia los enclaves portugueses en India y China. El destino final es Macao, la puerta de entrada en el casi inaccesible imperio chino. Entre el pasaje, un grupo de misioneros jesuitas cuidadosamente escogidos cargados de objetos de culto religiosos. Y también de numerosos libros científicos. Su objetivo último es convertir al catolicismo a doscientos millones de almas, comenzando por el todopoderoso emperador Wanli. Su estrategia, utilizar sus vastos conocimientos y proverbial inteligencia para impresionar a la clase ilustrada que rodea en la corte de Beijing al llamado “Hijo del Cielo”, denominación que recibe el emperador, el único capaz de interpretar los signos celestes que marcarán el futuro de su pueblo. La sabiduría del ya fallecido padre Matteo Ricci ha logrado los primeros frutos y señalado el camino a seguir: trabajar con los astrónomos del emperador y conseguir elaborar un calendario perfecto. Un joven pisano, Paolo Arrighetti, será el encargado de trabajar como cronista jesuita de todo lo que acontezca en tan incierta aventura. Junto a él viajan varios astrónomos jesuitas, como los padres Pantaleón Kirwitzer, Giacomo Rho y el colérico a la par que genial Adam Schall, que terminará alcanzando los más altos honores imperiales. También Johann Terrenz, un cirujano alemán que, habiendo abrazado interesadamente los hábitos jesuitas, ansía conocer los secretos de la medicina china. Y no sólo eso. Con él viaja hacia China parte de un extraño pergamino ilegible compendio de botánica y astrología, enviado por su amigo el famoso astrónomo imperial de Praga Johannes Kepler, que piensa puede estar escrito o incluso cifrado en algún dialecto oriental. Su mentor, el emperador Rodolfo II de Bohemia, está obsesionado por traducirlo en la incesante búsqueda alquímica de la piedra filosofal que pueda sacarlo de la depresión y de la ruina. Los convulsos acontecimientos políticos en la China del imperio Ming, que terminarán por llevar al poder a la nueva dinastía manchú Qing, atrapan en el cerrado a la par que inmenso imperio chino a la pequeña comunidad científica jesuita, que además se verá sacudida por inexplicables fallecimientos relacionados con el significado del citado manuscrito.

Comentarios:

El Templo del Cielo está basado –salvo en el caso del propio narrador de la historia– en personajes y hechos históricos tan reales como sorprendentes. La irrupción de la ciencia occidental en la China del siglo XVII, anclada en su cultura ancestral, supondría un acontecimiento de indudable influencia en la evolución posterior del imperio. Junto a estos elementos puramente históricos, la narración introduce en la novela otro elemento igualmente real y coetáneo: el hoy conocido como Manuscrito Voynich, un pergamino datado en el siglo XV y que, archivado hoy en día en la conocida biblioteca Beinecke de la Universidad de Yale, está considerado como el documento cifrado más popular y enigmático de la actualidad. Las primeras noticias de su existencia se remontan a la citada corte de Rodolfo II en Praga, así como su posterior pertenencia a la Sociedad de Jesús, que lo mantendría en su poder hasta comienzos del siglo XX. No en vano, uno de los más famosos sabios jesuitas de la época, Athanasius Kircher, podría haber intentado inútilmente su traducción, considerándolo similar a los lenguajes más antiguos conocidos en la época: el desaparecido jeroglífico egipcio y los propios ideogramas chinos, que eran ya bien utilizados por los misioneros jesuitas en Oriente. El lector avezado que haya leído la anterior novela del autor El Castillo de las Estrellas encontrará lógicos puntos de encuentro entre ambas, y bien puede considerarse a El Templo del Cielo como una precuela de la misma.

Extracto de El Templo del Cielo (págs. 95-99):

“El padre Adam Schall se refería a la famosa estrella nova que el astrónomo danés había observado desde su isla y observatorio de Hven. Una estrella que había aparecido repentinamente en el inmutable cielo aristotélico la noche del 11 de noviembre del año 1572, siendo más brillante que Venus durante todo un mes. Desvaneciéndose lentamente, apenas dos años más tarde había desaparecido por completo.

—También Johannes Kepler ha visto una —le corrigió con voz prudente Giacomo Rho—. En octubre del año 1604.

—No me vengáis con Kepler otra vez, que bastante tenemos con ese galimatías que nos está sorbiendo los sesos —respondió vehementemente Adam Schall—. Esa estrella que citáis ni con mucho alcanzó el brillo de la de Tycho Brahe, y ahí tenéis clara prueba de cómo Nuestro Señor acompasa el brillo de sus estrellas novas con el brillo de sus sabios. Y no es que desprecie a mi compatriota, bien lo sabéis, pero los trabajos de uno no son comparables con los del otro.

Al citar Adam Schall a Johannes Kepler y también el manuscrito del padre Terrentius recordé mi propio hallazgo biográfico en las cartas del padre Matteo Ricci. Juzgué prudente no compartirlo con Adam Schall antes que con Johann Terrentius. Esperaría a estar todos juntos. No podía faltar mucho tiempo para ello.

—Las estrellas novas, ese gran misterio —continuó el alemán con su perorata—. Si no se las han inventado, y no veo razones para ello puesto que los chinos, aunque simples, parecen honestos en cuanto a cuestiones científicas se refiere, han sido capaces de guardar las posiciones de hasta tres de ellas en unos mil años de observaciones. Apuntad por favor, Giacomo, las fechas, según las voy calculando—ordenó a Rho, que anotaba cuidadosamente todo lo que Adam Schall le indicaba—: En el año de Nuestro Señor 185, en el 1006 y en el 1054. Esta última parece que especialmente brillante. Dicen los chinos que podía verse de día durante casi un mes, y de noche más de dos años…

—Lo he anotado, Adam. Si os parece, apunto también los años 393 y 1181. Hay menciones a fenómenos similares.

—De acuerdo, Giacomo. Hacedlo así. Y ahora, Paolo —dijo, mirándome y cambiando el asunto de la conversación—, convendría que repasáramos entre los tres algunos conceptos generales de esta astronomía tan antigua.

Ordené mis propios papeles y comencé, no sin temores.

Según el padre Matteo Ricci —carraspeé— los sabios chinos más antiguos creían que la Tierra era plana y que el Cielo era un dosel o toldo sobre ella, separados una distancia de unas veinticinco mil millas, aunque no explican de dónde sale ese número. También que, a diferencia del modelo de Ptolomeo, inspirado por el gran Aristóteles, y que sitúa a la Tierra en el centro del Universo y a los planetas y al Sol girando en esferas fijas alrededor de ella, no cuentan más que una esfera celeste, en lugar de diez. Que las estrellas se mueven en el vacío y no saben lo que es el aire. Y que durante la noche el Sol se esconde detrás de una montaña cerca de la Tierra…

—Qué derroche de imaginación —ironizó Adam Schall—. Continúa, Paolo.

—Además hacían girar excéntricamente el Sol sobre China, de forma que al acercarse era de día y de noche cuando se alejaba. Este modelo tan primitivo sobrevivió hasta el siglo II de Nuestra Era —proseguí—, pero ya antes se habían percatado de que así no había manera de explicar que el Sol transitara por el horizonte, el orto y el ocaso.

—Pero si tenían una montaña sólo para eso… —volvió a bromear el padre Schall. El padre Giacomo Rho, quizá para dar más seriedad a la conversación, continuó poniendo en común los fundamentos de la antigua astronomía china.

—Como bien dice Paolo, una Tierra y un Cielo planos no les servían. Así que los curvaron en dos semiesferas. Todo ello antes de terminar comprendiendo y aceptando que tenían que ser esferas completas. Esto no ocurrió hasta el citado siglo II, en gran medida gracias a los estudios del sabio Zhang Heng.

—Por lo que he leído —interrumpió momentáneamente el padre Schall— nos encontramos ante uno de los grandes eruditos chinos.

—Así es, Adam —confirmó Rho—. Zhang Heng formuló la llamada hipótesis del cielo envolvente, o Hun Tian. En ella el cielo es como un huevo de gallina, y la Tierra es la yema de dicho huevo. El cielo es grande y la tierra está en el centro, sola y pequeña. Además de esta teoría, Zhang Heng catalogó más de dos mil quinientas estrellas, agrupando muchas de ellas en más de cien constelaciones, y construyó nuevos instrumentos para medir la posición de las estrellas, como precisas esferas armilares.

—Estamos ante el Ptolomeo chino —dijo Schall.

—Podríamos denominarlo así —aceptó Rho—. Sin embargo, conforme la astronomía china se hace más precisa, se aleja de la nuestra. Y esto es un problema muy gordo.

— ¿A qué os referís, padre Rho? —pregunté.

—A que resulta endiabladamente complicado cotejar estrellas de catálogos orientales y occidentales. Por no hablar de las constelaciones. Apenas la Osa Mayor, para ellos un Gran Carro del Emperador, se puede identificar en ambas culturas. Los chinos consideran que las constelaciones están agrupadas en treinta y una regiones: a tres de ellas las llaman sanyuan, o recintos, y al resto hsiu, palabra que podríamos traducir como residencias o mansiones. Hablan también de que la esfera celeste está atravesada por un camino rojo y otro amarillo, el primero correspondería al ecuador celeste y el segundo a la eclíptica, en el que transitan los planetas. El camino rojo rodearía el corazón del Cielo, y en él se graban las posiciones de las veintiocho hsiu. Además existe un tercer anillo, el camino blanco, que se cruza con el amarillo, la eclíptica, en un ángulo de cinco grados, por el que transita la luna. Esto da una aproximación bastante buena para explicar los eclipses lunares y solares…

—Continuad, por favor —rogó el padre Schall, francamente interesado.

—Las cuatro áreas en que se divide la eclíptica reciben los sugerentes nombres de Dragón Azul al Este, Tigre Blanco al Oeste, Tortuga Negra al Norte, y Pájaro Rojo al Sur. Además tienen un punto cardinal más que nosotros: el Centro. Esto no deja de ser una preciosa imagen poética, aunque no resulta práctico para nuestros cálculos. El principal problema al que me refería antes tiene que ver con los sistemas de coordenadas utilizados, tanto en sus anotaciones como en el diseño de sus instrumentos.

—Explicaos un poco más —volvió a rogar impaciente Adam Schall.

—Veréis. Desde muy antiguo, los astrónomos griegos y posteriormente los europeos, como el gran Tycho Brahe, referencian las posiciones estelares según la eclíptica, puesto que en ella se mueven los planetas que son el principal motivo de estudio.

—Nuestros cuerpos errantes, sí. Los planetas. Lo más práctico es seguir su posición referida a las constelaciones zodiacales —apunté yo.

—Pero a los chinos no les interesa demasiado que Marte o Venus cambien anormalmente el sentido de su movimiento en sus esferas. Sólo quieren saber de eclipses y poco más —siguió explicando Giacomo Rho—. Así que sus referencias son polares y ecuatoriales. Y os puedo asegurar que no resultan sencillos los cálculos para relacionar unas coordenadas y otras. Me está llevando semanas rehacer los números para identificar las estrellas que aparecen en sus mapas. Y más aún, los chinos aparentemente no dividen el año para sus cálculos astronómicos en 360 grados…

— ¿Qué decís? —preguntó de forma imperiosa nuevamente Schall.

—Que se confunden los conceptos más básicos. Nuestro año trópico es el tiempo necesario para que Sol recorra los 360 grados de la eclíptica, es decir, en dar una vuelta completa a la Tierra. Y este tiempo es de 365,24 días en los cálculos clásicos chinos.

—Me estáis volviendo loco con tantos números, padre Rho —interrumpí asustado.

—No tengas apuro, Paolo. Lo que quiero decir es que sus globos celestes y sus instrumentos astronómicos utilizan 365,24 grados para una circunferencia en lugar de 360 grados. Así de simple y así de complicado, puesto que las anotaciones cambian por completo también en este aspecto —me aclaró de forma paciente Giacomo Rho.

— ¡Eso puede explicar algunas cosas! —exclamó excitado el padre Adam Schall—. Si me dais una semana de tiempo creo que podré ofreceros una primera explicación de los extraños diagramas astronómicos que copiamos del manuscrito del padre Johann Terrenz. Ojalá pronto podamos reunirnos con él —añadió, visiblemente emocionado.”

 

ENRIQUE JOVEN ÁLVAREZ

Nacido en Zaragoza en 1964. Doctor en Ciencias Físicas. Su primera incursión literaria fue la publicación de dos capítulos en la novela colectiva apadrinada por ElMundoLibro titulada La Rebelión de los Delfines (Espasa, 2001). Un año más tarde publicó una primera novela experimental en solitario: El Libro Horrible (Difácil Editores, 2002). Fue también autor y guionista de la serie de divulgación científica Un Programa Estelar, producida y emitida en diferentes canales –principalmente La 2– por TVE durante 2004 y 2005. Desde 1991 reside en Tenerife, donde trabaja como ingeniero senior del Instituto de Astrofísica de Canarias y colabora esporádicamente en prensa con artículos sobre internet, ciencia y nuevas tecnologías. El Castillo de las Estrellas es su segunda novela, publicada inicialmente por RocaEditorial (Barcelona) en 2007 y traducida, además del castellano, al italiano, portugués, checo, coreano, polaco y ruso. También ha sido traducida al inglés en EEUU por Harper Collins en dos ediciones. En 2013 publicó una nueva novela, El Templo del Cielo, de nuevo con RocaEditorial, así como una biografía del químico británico John Dalton dentro de la colección Grandes Ideas de la Ciencia de RBA, igualmente traducida en Francia e Italia.

 

FICHA BIBLIOGRÁFICA:

El Templo del Cielo
Autor: Enrique Joven
Editorial: Roca Editorial
Barcelona, 2013, 1ª edición en tapa dura.
364 págs.

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