Por Carmen del Puerto - IAC

La lengua, vehículo de transmisión de la tradición astronómica

Cronología histórica de la nomenclatura astronómica.
Cronología histórica de la nomenclatura astronómica. Pie de figura: Orígenes culturales y lingüísticos de los nombres actuales de las estrellas. Las flechas gruesas muestran las principales corrientes de transmisión. Las culturas que primeramente tuvieron su propia nomenclatura estelar (a la cual se pueden haber añadido elementos foráneos o externos) se destacan en amarillo limón. Las culturas que tuvieron una nomenclatura estelar enteramente construida a partir de elementos foráneos aparecen en amarillo anaranjado. En el margen izquierdo se indican los cuatro períodos cronológicos de formación y aplicación de los nombres. (Adaptado por Carmen del Puerto de KUNITZSCH, Paul, y SMART, Tim. Short guide to modern star names and their derivations. Otto Harrassowitz. Wiesbaden, 1986. Pág. 5).

En la transmisión de la ciencia, en general, y de la astronomía, en particular, ¿qué papel han desempeñado las diferentes lenguas -el griego, el árabe, el latín…- hasta llegar al predominio del inglés en la actualidad?

La astronomía moderna es el producto de una larga historia de investigación que tiene su primera constancia por escrito en las tablas cuneiformes babilónicas. Pero la primera lengua que sirvió de vehículo de transmisión de la tradición astronómica fue el griego. En esta lengua se compusieron las primeras síntesis de los conocimientos astronómicos, destacándose entre ellas el famoso Almagesto de Claudio Ptolomeo (siglo II). “El griego -señala el astrofísico del IAC y experto en terminología astronómica Terence Mahoney- siguió siendo la lengua predominante de la cultura y la ciencia en gran parte del Mediterráneo, aun en el período de auge del Imperio Romano. Pero, aunque los romanos hicieron comparativamente pocos avances en la ciencia astronómica, con la desaparición paulatina de los conocimientos de la lengua griega en la Europa occidental, el latín llegó a servir de lingua franca de la filosofía y la ciencia de la Europa occidental hasta el Renacimiento.”

Los sabios árabes heredaron, por rutas diversas, las obras astronómicas griegas en el griego original y las tradujeron al árabe. El libro sobre la astronomía griega más importante que ha sobrevivido el paso de los siglos es, sin duda, el mencionado Almagesto de Ptolomeo, pero esta obra no fue directamente asequible para los sabios de la Europa medieval hasta que el emperador Federico II ordenó su traducción del árabe al latín en 1230 (fue traducido al árabe en el 827). “De esta manera -explica Mahoney-, a través de los musulmanes y vía diversas rutas geográficas, los científicos de la Europa occidental volvieron a descubrir sus raíces matemáticas, científicas y filosóficas en la cultura y ciencia griegas, primero a través de traducciones indirectas al latín y, más tarde, por el examen directo de los textos en el griego original.”

Durante el Renacimiento se vio el florecimiento de las literaturas nacionales en las lenguas vulgares de Europa, y, a partir del siglo XVI, el latín, que hasta entonces fue predominante, empezó a experimentar el reto, cada vez más fuerte, de estas nuevas lenguas (el alemán, el francés, el inglés y el italiano eran las lenguas más destacadas en términos de la ciencia). Como apunta Mahoney, a partir del siglo XVII esta marginación paulatina del latín por las lenguas vulgares fue más o menos completa. “Hasta el siglo XIX, el investigador científico necesitaba dominar como mínimo cuatro lenguas (alemán, francés, inglés y latín). A finales del siglo pasado, el inglés empezó a ganar la ascendencia sobre el alemán y el francés. El predominio casi total de la lengua inglesa en la ciencia (con la excepción, hasta fecha reciente, de los países del antiguo bloque comunista) se estableció rápidamente después de la Segunda Guerra Mundial, cuando el centro de gravedad de la investigación científica se transfirió definitivamente de Europa a Estados Unidos.”

Mahoney aclara que al hablar de la ascendencia de una lengua, sea ésta el latín o el inglés, y su conversión en lingua franca, se refiere solamente a que fue adoptada voluntariamente por un grupo de usuarios no nativos. “El uso de una lengua -concluye este investigador- no se puede imponer solamente por la fuerza política. Como prueba de esto, sólo hay que recordar que los discípulos de Jesucristo vivieron en un país totalmente dominado por el Imperio Romano; no obstante, hablaron en arameo y escribieron los Evangelios en griego, no en latín. La Escuela de Alejandría, por su parte, heredera directa de la cultura y ciencia griegas después de la muerte de Aristóteles, siguió siendo helenística en espíritu y de habla griega durante todo el período de dominación romana. De hecho, se puede decir que el latín tuvo su período de mayor difusión entre la caída del Imperio Romano y el amanecer del Renacimiento, cuando ya había llegado a estar muerta en términos de lengua vulgar”.

 

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