Historia

Cuando enciendes una linterna, puedes comprobar que la zona hacia a la que apuntas con ella se ilumina de forma instantánea. Aunque esté muy lejos, nos parece que los rayos de luz llegan a ella de forma inmediata. Pero la luz no tiene una velocidad infinita, es muy grande, pero se puede medir.

A principios del siglo XVII Galileo Galilei dudaba de que la velocidad de la luz fuera infinita e intentó medirla. Colocó a dos personas con una lámpara con rejillas en la cima de dos montañas separadas. Uno abriría la rejilla de su lámpara y el segundo abriría la suya tan pronto como viera la luz de la primera. Pero la velocidad era tan elevada que era imposible medir su valor mediante un experimento como este.

En 1676 un astrónomo danés llamado Ole Rømer ideó un método sencillo para hacer una estimación de dicha velocidad. Para ello observó el tiempo que tardaban los satélites de Júpiter en meterse en la sombra del planeta, es decir, observaba los eclipses de dichos satélites. Detectó que el tiempo que transcurría entre dos eclipses sucesivos de sus satélites era menor cuando la distancia hasta los mismos decrecía y viceversa. Esto era debido a que la luz tenía que realizar un menor o mayor recorrido hasta llegar a nosotros. El primer dato que obtuvo fue de unos 214.000 km/s, un valor aceptable, dada la poca precisión de los relojes de aquella época.

Posteriormente científicos como Albert A. Michelson y Edwar W. Morley diseñaron experimentos de interferometría para demostrar que dicha velocidad era constante e independiente del movimiento de la Tierra en el espacio.

Actualmente se estima un valor de la velocidad de la luz en el vacío de 299.792,458 km/s, y se simboliza con la letra c, proveniente del latín celéritas (celeridad).