El dios más rápido del Olimpo corre sobre el Sol

El tránsito de Mercurio tendrá lugar mañana 9 de mayo de 2016

Representación artística del tránsito de Mercurio. La imagen muestra la dirección, de izquierda a derecha, que seguirá el planeta (representado a escala por el circulo negro) durante las siete horas y media que tarda en recorrer el disco solar. Las horas indicadas son en Tiempo Universal; se debe sumar una hora para Canarias y dos para el resto de España. Imagen del Sol en Halfa. Crédito: Daniel López/IAC.
Representación artística del tránsito de Mercurio. La imagen muestra la dirección, de izquierda a derecha, que seguirá el planeta (representado a escala por el circulo negro) durante las siete horas y media que tarda en recorrer el disco solar. Las horas indicadas son en Tiempo Universal; se debe sumar una hora para Canarias y dos para el resto de España. Imagen del Sol en Halfa. Crédito: Daniel López/IAC.

Ya no disfrutamos del cielo como antes. Pocos lectores de este artículo habrán visto Mercurio a simple vista. Mercurio es muy pequeño. Ganímedes, una de las cuatro lunas Galileanas, es mayor que él. Podemos verlo brillar a simple vista como una estrella al amanecer o al atardecer, siempre próximo al Sol, ya que su órbita es bastante cercana a nuestra estrella. También es visible a simple vista durante un eclipse total de Sol. Sin embargo, en el pasado, las cosas eran distintas. Los astros jugaban un papel fundamental en la vida cotidiana. Sigue leyendo

El triunfo de la mediocridad

  • Giordano Bruno fue quemado en la hoguera por afirmar que había infinitos mundos habitados girando en torno a infinitos soles
  • Cuatro siglos después, la observación de centenares de exoplanetas es un hecho, pero no hay indicio alguno de vida inteligente extraterrestre
Estatua erigida en memoria de Giordano Bruno, en Roma.
Estatua erigida en memoria de Giordano Bruno, en Roma.

El modelo geocéntrico de Universo ideado por Aristóteles y adoptado por el astrónomo Ptolomeo dominó nuestra sociedad durante siglos. Situar a la Tierra en el centro de todo funcionaba bastante bien si de explicar los movimientos relativos de los astros se trataba, aunque precisara de ingeniosos pero ligeros ajustes matemáticos para entender el movimiento de los erráticos planetas vecinos. Además, encajaba todavía mejor con la ortodoxia religiosa cristiana, situando a la principal creación de Dios, el ser humano, en el ombligo universal. No había de qué preocuparse, ni tampoco pensar más de lo estrictamente necesario. Todo era un magnífico conjunto de esferas perfectas concéntricas hasta llegar al Cielo.

La revolución copernicana alteró el modelo. Conocido es que situó al Sol en el centro de un Universo finito, y relegó a la Tierra a un papel secundario. Ya no estábamos en el centro de todo ni éramos especiales en nada. Algunos fueron más allá de los postulados del precavido astrónomo polaco, como el italiano Giordano Bruno: el Universo era infinito, como infinito era también el número de mundos habitados girando en torno a infinitos soles. El concepto de Bruno no era en sí mismo herético. Fue propuesto en 1584, cuatro décadas más tarde que el modelo de Copérnico, y ya para entonces el danés Tycho Brahe –el astrónomo más reputado de su tiempo– abogaba por su propio modelo a caballo entre Ptolomeo y Copérnico. La Iglesia no se pronunciaba todavía con vehemencia sobre cuestiones astronómicas, pero sí lo hacía –faltaría más– con las teológicas. Bruno negó a Dios como creador trascendente y eso le llevaría a la hoguera por herejía. Sin ningún miramiento, fue quemado vivo en Roma en el año 1600.

Sin embargo terminó imponiéndose el modelo heliocéntrico, algo en lo que sabios como Johannes Kepler y, por supuesto, Galileo y sus telescopios, tuvieron mucho que ver. La semilla estaba ya sembrada. Si la Tierra no era nada del otro mundo –valga la ironía–, cabía suponer que otros planetas (y quizás muchos otros mundos rodeando lejanos soles, como había propuesto el malogrado Bruno) podían albergar vida humana. O algo parecido a ésta. Así, el mencionado Kepler especuló sobre cómo sería la vida de los selenitas, Christian Huygens sobre la de marcianos y jovianos, y William Herschel imaginó la cálida realidad de los supuestos habitantes del Sol, entre otros astrónomos ilustres. La creencia en la vida extraterrestre inteligente no se detuvo entonces ni se ha detenido hoy. Sólo “Kepler” (y en esta ocasión nos referimos al satélite del mismo nombre) ha descubierto hasta la fecha más de mil exoplanetas –planetas fuera del Sistema Solar– girando en torno a más de 400 soles, algunos de los cuales podrían albergar algún tipo de vida. Desde Copérnico y Bruno hasta nuestros días, todo parece poder sustentarse en el llamado “Principio de Mediocridad”. Este curioso concepto fue acuñado en 1969 por el astrofísico John Richard Gott. Viene a decir que no hay observadores privilegiados que den cuenta de un fenómeno en un momento dado. En astronomía es fácil de comprender: no somos el centro del Universo, ni la Tierra ni el ser humano son especiales. En consecuencia la vida extraterrestre será moneda común en el vasto Cosmos.

O no. Las contradicciones acerca de la validez de esta suposición son muchas. Dejando de lado las especulaciones sobre posibles visitas de extraterrestres a nuestro planeta (ufólogos abstenerse), la primera objeción en aparecer fue la religiosa. Aunque hoy la Iglesia admite abiertamente la posibilidad de vida inteligente en otros mundos –Dios es omnipotente y los seres humanos no somos nadie para poner límites a lo que hace o deja de hacer el Creador–, no por ello faltó la controversia: ¿Cristo murió por los pecados de nuestra humanidad terrícola, o por los de todos los posibles seres del Universo? ¿Se encarnó en todos los mundos? A lo largo de los siglos un buen número de filósofos y teólogos han buscado respuesta a éstas y otras preguntas no menos chocantes para los creyentes. La paradoja anterior enlaza con otras cuestiones similares, válidas tanto para creyentes o no. El “Principio de Mediocridad” puede ser una suposición tan razonable como útil, pero en su esencia asume que el resto del Universo tiene que parecerse mucho a nuestro mundo. El propio Carl Sagan, el mayor impulsor contemporáneo de la idea, admitió abiertamente que la aplicación de este Principio en la búsqueda de vida extraterrestre era, en lo fundamental, un “acto de fe”.

Carl Sagan está considerado por muchos como el astrónomo más influyente del siglo XX, no tanto por lo que hizo o dijo, sino por cómo lo dijo e hizo. Divulgador excepcional, supo sacar partido –siempre en beneficio de la Ciencia– de la explosión audiovisual de su tiempo. Junto con otros notables científicos, como Frank Drake, encabezaría el conocido movimiento SETI (acrónimo de Search for Extraterrestrial Intelligence), que pondría en marcha la primera búsqueda sistemática de señales de radio provenientes de otros mundos. Sagan, aupado por la opinión pública, obtendría una notable financiación tanto estatal como privada para sus propósitos, y su obsesión con la existencia de vida inteligente extraterrestre nunca dejó de ser un auténtico quebradero de cabeza para muchos de sus pragmáticos y realistas colegas científicos en la NASA. Lejos de ser quemado en la hoguera, Sagan fue elevado a los altares. Algo habíamos avanzado.

Los programas SETI arrancaron en la década de los setenta pero, hasta el momento, no han conseguido sacarnos de nuestra enorme soledad cósmica. Poco a poco pierden interés y dinero, con alguna exótica excepción, y llevan camino de convertirse en una mera anécdota. Tal vez deberíamos reflexionar de nuevo sobre las irónicas palabras del físico italiano Enrico Fermi, que en 1950 y en referencia a la posible comunicación entre extraterrestres y humanos se preguntó: ¿Y dónde están ellos? Esta pregunta tan sencilla es hoy conocida como la “Paradoja de Fermi”, y da cuenta de la contradicción entre nuestras frustrantes observaciones y la presunta existencia de un buen número de civilizaciones mucho más avanzadas tecnológicamente que la nuestra. Si no aparecen, ¿sacrificó entonces su vida en vano su compatriota Bruno cuatro siglos atrás?

Este artículo ha sido publicado en la versión digital del periódico El País/Materia con fecha 7 de abril de 2016: http://elpais.com/elpais/2016/03/31/ciencia/1459439397_379536.html

En un universo en expansión, la energía no se conserva

La matemática Emmy Noether demostró a principios del siglo XX que la conservación de la energía sólo se cumple si las leyes de la Física que empleamos son independientes del tiempo.

 

Fräulein Noether fue el genio matemático más creativo e importante desde que comenzó la educación superior de las mujeres. WIKIPEDIA
Fräulein Noether fue el genio matemático más creativo e importante desde que comenzó la educación superior de las mujeres. WIKIPEDIA

Invierno de 1915, Göttingen (Alemania), la Primera Gran Guerra asola Europa, arrasando ciudades, cortando centenarias rutas de suministros y generando un odio inconcebible hasta el momento. Entre todo el caos y destrucción imperante, alguien permanece ajeno a la situación que le rodea. Su mente divaga en torno a las extrañas ecuaciones garabateadas sobre un sinfín de papeles dispersos. Emmy Noether, sentada ante su escritorio de roble, se frota los ojos, atónita ante su reciente descubrimiento. Los últimos meses los ha dedicado de manera incansable a desarrollar el simple y elegante resultado que tiene ante sí.

Ella acaba de demostrar que, si existe una simetría en las leyes físicas que gobiernan un determinado sistema, hay una cantidad que se conserva. No se trata de una conclusión irrelevante, y ella es consciente de ello. Físicos, químicos e ingenieros hacen uso diariamente de cantidades conservadas para realizar cualquiera de sus cálculos. Por ejemplo, para determinar si un proyectil alcanzará a un enemigo situado a una cierta distancia, sólo es necesario calcular la energía liberada por la pólvora en combustión. Esta energía se transferirá al proyectil y, usando las ecuaciones de Newton, es posible calcular exactamente si la bala alcanzará el objetivo. Noether acababa de demostrar por tanto que, para saber si se conservará la energía de un sistema (como el sistema pólvora-bala), tan solo es necesario atender a la simetría de las ecuaciones que describen dicho sistema. En concreto, la conservación de la energía sólo necesita de la simetría temporal de las ecuaciones, es decir, que éstas se cumplan tanto ahora como dentro de 1.000 años u otros tantos años atrás.

Prácticamente en ese mismo momento, sólo tres años mayor que ella, un treintañero llamado Albert Einstein repasaba asombrado las ecuaciones maestras de su teoría de la Relatividad General. Sorprendecomprobar cómo en los momentos más oscuros de la humanidad afloran las mentes más brillantes.Cimentaba así una nueva forma de mirar al Universo, insólita hasta entonces, ya que el espacio y el tiempo se entrelazaban de manera inseparable con la materia, poniendo punto y final a las inconsistencias que habían comenzado a aparecer en la física desarrollada durante el último siglo. Consecuencia de su abstracta teoría son fenómenos tan sorprendentes como el de la expansión del Universo (obtenida gracias a Lemaître, Friedmann, Robertson y Walker), que predice que el propio espacio se estira como un globo hinchándose, provocando que las galaxias se alejen unas de otras, algo que se observaría con precisión en 1922.

Muchos años después, los científicos serían capaces de fusionar ambas teorías, proponiendo un resultado que muchos de nosotros aún tratamos de comprender y de explorar. Si el Universo se expande, las ecuaciones que lo controlan pierden su simetría temporal, ya que las distancias entre objetos aumentan en el tiempo y nos veríamos obligados a reescalarlas. De una manera directa, podemos concluir que la energía en el universo NO se conserva. Debemos por tanto despedirnos de esa frase que tantas veces nos repitieron desde niños: “La energía ni se crea ni se destruye, sólo se transforma”. Demos la bienvenida a una nueva versión de la misma: “La energía se crea y se destruye y, a veces, se conserva”.

No obstante esta última afirmación la tenemos que repetir con cautela, ya que lo técnicamente correcto es decir que la energía de la materia del Universo no se conserva. Esto es debido a que en el Universo no hay únicamente materia, sino materia y espacio-tiempo. Las ecuaciones de Einstein contienen otras simetrías que conllevan conservaciones de cantidades que se parecen a la energía, pero contienen términos extra. Estos términos pueden asociarse a la energía propia del espacio-tiempo, pero dista de proporcionar una interpretación clara, ya que conduce a preguntas que no somos capaces de contestar aún, tales como: ¿cómo medimos esta energía? ¿de qué tipo es? ¿podemos usarla para, por ejemplo, viajes espaciales?

Mayo, 1935. Estados Unidos. Albores de la Segunda Guerra Mundial, Emmy Noether muere tras ser expulsada en 1933 de su puesto de trabajo en la Universidad de Göttingen y obligada a abandonar el país por un nazismo que no veía con buenos ojos su ascendencia judía. Albert Einstein, temiendo que la muerte de la mejor matemática del siglo XX pasara inadvertida para el mundo, escribe las siguientes palabras en el New York Times:

“[...] En el transcurso de los últimos días, la distinguida matemática Emmy Noether, anteriormente de la Universidad de Göttingen y durante los dos últimos años vinculada a la Universidad de Bryn Mawr, ha fallecido a los 53 años. A juicio de los matemáticos vivos más competentes, Fräulein Noether fue el genio matemático más creativo e importante desde que comenzó la educación superior de las mujeres. En el campo del álgebra […] descubrió métodos de enorme relevancia para el desarrollo de actuales generaciones de matemáticos más jóvenes. La Matemática pura es, a su modo, la poesía de las ideas lógicas. Uno busca las ideas más generales con las que formar de una manera simple, lógica y unificada, el círculo más grande posible de las relaciones formales. En este esfuerzo hacia la belleza lógica, se descubren fórmulas espirituales necesarias para una penetración más profunda en las leyes de la Naturaleza.[...]”

Autores:
Marcos Pellejero Ibáñez (IAC) y Rafael Tapia Rojo (Universidad de Columbia, NYC).

Este artículo ha sido publicado en la versión digital del periódico El País/Materia con fecha 24 de marzo de 2016:
http://elpais.com/elpais/2016/03/23/ciencia/1458760913_491584.html

Historias de la Primavera

El preciso instante en que pasamos del invierno a la primavera ha marcado mitos y culturas desde el comienzo de la humanidad

“La primavera”, por William-Adolphe Bouguereau (1886). Joslyn Art Museum.
“La primavera”, por William-Adolphe Bouguereau (1886). Joslyn Art Museum.

No había nadie en la antigüedad que no conociera los solsticios y los equinoccios. Hoy ya no es así, porque la supervivencia no depende de ello. Pero no nos equivoquemos, no hemos dejado de ser seres humanos y, por ello, irremediablemente simbólicos. Escribir una crónica sobre solsticios o equinoccios es contar una historia del calendario, de la cosecha, de sobrevivir al invierno o del amor de verano. Son nuestros grandes eventos astronómicos y no hemos dejado de estudiarlos, festejarlos e insertarlos en nuestras vidas. Sigue leyendo

A vueltas con el calendario

  • Este año bisiesto de 2016, la Semana Santa se celebra inusualmente pronto.
  • La fijación astronómica de la fecha pascual dio lugar a la reforma actual del calendario.
Celebración de la Última Cena por el pintor Juan de Juanes (1562, Museo del Prado), cuadro en el que Jesucristo parece sostener la propia luna llena.
Celebración de la Última Cena por el pintor Juan de Juanes (1562, Museo del Prado), cuadro en el que Jesucristo parece sostener la propia luna llena.

«Según la tradición hebrea, la noche en que tuvo lugar la huida de Egipto había luna llena, por lo que los judíos pudieron apagar sus lámparas para no ser descubiertos por los soldados del faraón». Este suceso tan lejano, aunque cercano en lo astronómico, condiciona todavía hoy nuestra agenda. Si nos parece que la Semana Santa cae demasiado pronto este año bisiesto de 2016, es necesario hacer un poco de historia para saber la razón.

El acontecimiento citado es celebrado en la llamada pascua judía que, por tanto, cada año ha de coincidir con una noche de luna llena. Jesucristo, judío, celebró dicha pascua durante la hoy denominada ‘última cena’, así que nuestra propia tradición cristiana adoptó este hecho casi como suyo. En concreto, y evitando confundir ambas tradiciones, ya desde el año 525 de nuestra Era se decidió en la Iglesia Católica que la pascua de Resurrección -unos días posterior a la judía- se celebrara el primer domingo siguiente a la primera luna llena después del comienzo de la primavera (20 o 21 de marzo). Si miramos el calendario de 2016, observaremos que el equinoccio de primavera es el día 20 de marzo, y la primera luna llena sólo tres días más tarde, por lo que el domingo de Pascua será el día 27 de marzo. Por eso siempre veremos una luna llena durante la Semana Santa.

Pero no todo es tan sencillo. O, al menos, no lo fue en su momento. Para que las cosas funcionen bien tenemos que encajar el calendario astronómico -el que marca la posición del equinoccio de referencia- con el calendario civil y religioso, basado en días completos. Y es que el tiempo que tarda la Tierra en dar una vuelta alrededor del Sol -un año- no es un múltiplo exacto de rotaciones sobre sí misma -un día-. En concreto, un año astronómico (año ‘trópico’) dura 365 días, 5 horas y casi 49 minutos. El problema de relacionar años con días completos fue bastante bien resuelto por el romano Julio César y sus sabios egipcios allá por el año 50 antes del propio Cristo. Como en números redondos un año son 365 días y un cuarto, cada cuatro años de 365 días habría de añadirse un día adicional (el famoso bisiesto, como es este de 2016). Y así hemos funcionado bastante bien durante muchos siglos, con el propiamente llamado calendario ‘juliano’, hasta que los hechos toparon con la realidad. Es decir, con la Iglesia haciéndonos la Pascua.

La corrección romana contenía un pequeño error intrínseco, puesto que redondeaba los casi 49 minutos a los 60 de una hora. Esto significaba que cada año se introducían en el calendario litúrgico bisiesto unos 11 minutos de más, por lo que poco a poco se iba alejando del astronómico. En el siglo XVI, el error acumulado desde la implantación de la regla pascual era tal que el equinoccio primaveral -supuestamente, el 21 de marzo- había ocurrido el 11 de marzo, diez días antes. Y continuaba subiendo. Para resolver este desaguisado, el papa de turno, Gregorio XIII, recurrió de forma conjunta a Dios y a las matemáticas, confluyendo por fortuna estos factores en el enorme astrónomo -tanto por su tamaño físico como por su sabiduría-, Christopher Clavius. Clavius, alemán y jesuita, fue coetáneo y amigo de Galileo, con quien tuvo sus más y sus menos al respecto de sus muy distintas concepciones del Universo, puesto que se mantuvo siempre fiel al geocentrismo. Corrigió de forma ingeniosa el calendario juliano, y lo hizo añadiendo una cláusula adicional: “Un año será bisiesto si es divisible por 4, pero no lo será si además es divisible por 100. Con la excepción de los divisibles por 100 y 400 a la vez, que sí lo serán”. Pongamos un ejemplo sencillo: el año 1900 no fue bisiesto, como no lo será el 2100, pero sí lo fue el más reciente año 2000. Para rematar su trabajo, el papa Gregorio -por indicación del gran Clavius- tuvo que resetear el calendario mediante la pertinente bula, eliminando de golpe los diez días de más acumulados hasta esa fecha, y así al jueves 4 de octubre de 1582 (del calendario juliano) le siguió el viernes 15 de octubre de 1582 (del calendario ya conocido como ‘gregoriano’). El trabajo de Clavius fue tan bueno que perdura hoy en día y solo tiene un error estimado de un día cada 3300 años.

El cambio de fechas por mor de la precisión astronómica tuvo un curioso impacto según fuera el lugar del mundo y su fecha de aplicación. Así es bien conocida la anécdota del tránsito de santa Teresa, ocurrido justo en la noche referida del 4 de octubre de 1582, por lo que suele decirse que fue enterrada muchos días después de su muerte, aunque su inhumación fuera inmediata. Otro tanto ocurre con los óbitos de Miguel de Cervantes y William Shakespeare que, aunque datados ambos el 23 de abril de 1616, sucedieron con diez días de diferencia, puesto que los ingleses tardaron en aceptar el cambio de calendario de bastante mala gana casi dos siglos. En cualquier caso, y después de la adopción generalizada en todo el mundo del calendario gregoriano, los años astronómico y civil son en la práctica coincidentes, y las peculiaridades de la fijación de la fecha pascual por parte de la Iglesia no presentan mayores problemas.

Por tanto, si queremos saber con antelación cuándo podremos disfrutar de unos pocos días de asueto o de penitencia, según sea el gusto, caso o pecados de cada cual, no tenemos más que mirar al Cielo y hacer unas sencillas cuentas. Y ya puestos, observar una estupenda luna llena.

Este artículo ha sido publicado en la versión digital del periódico El País/Materia con fecha 27 de enero de 2016:
http://elpais.com/elpais/2016/01/25/ciencia/1453735339_015453.html

Catalina, el cometa errante

Cometa Catalina (C/2013 US10) observado desde el Observatorio del Teide (IAC) la noche del día 11 diciembre de 2015 (objetivo 300mm con cámara Sony a7S modificada, ISO 6400). La imagen es una composición de 30 imágenes individuales de 25 segundos de exposición -total 12.5 minutos- con seguimiento sidéreo (compensación rotación terrestre). En la imagen se observan perfectamente las tres partes del cometa: el núcleo central, la atmósfera cometaria o coma de un color verdoso intenso, la cola (principalmente de gas ionizado) que apunta en dirección contraria al Sol y la pequeña cola de polvo. Juan Carlos Casado-starryearth. Alta resolución.
Cometa Catalina (C/2013 US10) observado desde el Observatorio del Teide (IAC) la noche del día 11 diciembre de 2015 (objetivo 300mm con cámara Sony a7S modificada, ISO 6400). La imagen es una composición de 30 imágenes individuales de 25 segundos de exposición -total 12.5 minutos- con seguimiento sidéreo (compensación rotación terrestre). En la imagen se observan perfectamente las tres partes del cometa: el núcleo central, la atmósfera cometaria o coma de un color verdoso intenso, la cola (principalmente de gas ionizado) que apunta en dirección contraria al Sol y la pequeña cola de polvo. Juan Carlos Casado-starryearth. Alta resolución.

Si hace un año por las mismas fechas era Lovejoy (ver nota prensa IAC) ahora, el cometa de Navidad es Catalina C/2013 US10. No es uno más porque él es “nuevo”, especial y muy interesante para conocimiento astronómico. Residía en la nube de Oort (nube esférica que rodea el Sistema Solar a una distancia aproximada de un año luz del Sol). Un “empujón gravitatorio”, producido por el paso de alguna estrella cercana, lo precipitó al Sistema Solar interior. Es un mensajero veraz cargado de información de primera mano sobre los tiempos primordiales del Sistema Solar. Los cálculos dinámicos indican que tiene una gran velocidad y, por ello, sabemos que escapará de la atracción solar y se adentrará en el espacio interestelar. Catalina es, pues, un objeto errante entre las estrellas. Sigue leyendo

¿Guió la buena estrella de Kepler a los Magos?

  • En 1604 un estrella ‘nova’ apareció junto a Júpiter, Saturno y Marte
  • Los cálculos llevaron a suponer a Kepler que esta conjunción estelar había sido la misma Estrella de Belén
‘La adoración de los Magos’, cuadro pintado por Giotto alrededor del año 1301. La estrella de Belén aparece representada como un cometa.
‘La adoración de los Magos’, cuadro pintado por Giotto alrededor del año 1301. La estrella de Belén aparece representada como un cometa.

Corre el otoño del año 1604 en la Corte de Rodolfo II en Praga. Un funcionario busca a toda prisa al matemático y astrónomo imperial, Johannes Kepler. La noticia no puede esperar: una nueva estrella de brillo excepcional ha aparecido en el cielo. El suceso deja atónito al sabio alemán. No es sólo que haya aparecido una estrella ‘nova’ en la constelación de Ofiuco, sino que lo ha hecho junto a una extraña conjunción de los planetas Júpiter y Saturno. Incluso Marte se ha sumado al espectáculo celeste. ¿Qué puede significar aquello? No pocos legos se apresuran a contarlo e interpretarlo, y los más coinciden en la antigua predicción: «Nova stella, novus rex» (Estrella nueva, rey nuevo). Sigue leyendo

Mañana, solsticio ¿de verano o de invierno?

La noche del 21 al 22 de diciembre será la más larga del 2015 en el hemisferio norte y la más corta en el hemisferio sur

En la imagen se muestran los dos equinoccios como la intersección del ecuador celeste y la eclíptica, y los solsticios como los momentos del año en los que el Sol alcanza su máxima posición meridional o boreal. Crédito: Divad
En la imagen se muestran los dos equinoccios como la intersección del ecuador celeste y la eclíptica, y los solsticios como los momentos del año en los que el Sol alcanza su máxima posición meridional o boreal. Crédito: Divad

El segundo solsticio de 2015 será el próximo 22 de diciembre (a las 04:48h). Los solsticios son los momentos del año en los que el Sol alcanza su mayor o menor altura aparente en el cielo, y la duración del día o de la noche son las máximas del año, respectivamente. Este comportamiento es, además, inverso en cada hemisferio, por lo que éste será el solsticio de invierno en el hemisferio norte, y de verano en el hemisferio sur. Sigue leyendo

Ofiuco, el “signo” del zodíaco que descoloca a los astrólogos

El 18 de diciembre, el Sol abandonará esta constelación y entrará en Sagitario

Representación del cielo donde se aprecia el paso del Sol saliendo de la constelación de Ofiuco y entrando en la de Sagitario. Crédito: Stellarium.
Representación del cielo donde se aprecia el paso del Sol saliendo de la constelación de Ofiuco y entrando en la de Sagitario. Crédito: Stellarium.

En enero de 1995, Jacqueline Mitton, de la Real Sociedad de Astronomía británica, anunciaba en una serie de divulgación de la BBC que los doce signos del zodíaco no sólo estaban erróneamente adelantados, por los efectos de precesión que sufre la Tierra, sino que eran, en realidad, trece. Mitton explicaba que la eclíptica (el aparente recorrido anual del Sol por los cielos) atraviesa una decimotercera constelación: Ofiuco, versión latina de Asclepio, el dios griego de la medicina. Es más, en realidad, la eclíptica siempre había atravesado esa constelación, sólo han cambiado las fechas con los siglos. Si imaginamos el Sol como un círculo, este año su centro salió del Escorpión y entró en Ofiuco el 30 de noviembre, a las 10:00 UT (Tiempo Universal), y saldrá de Ofiuco para entrar en Sagitario el 18 de diciembre, a las 17:30 UT. Sigue leyendo