EL ESPECTÁCULO ROBADO DEL FIRMAMENTO

Federico de la Paz Gómez (IAC)

Milky Way and Stone Tree. Crédito: Daniel López / IAC.
Milky Way and Stone Tree. Crédito: Daniel López / IAC.

El derroche de energía que las grandes urbes producen para alumbrar sus calles, más que iluminar, encandila a los ciudadanos impidiéndoles disfrutar del cielo nocturno y de sus estrellas. Varias iniciativas y proyectos han buscado luchar contra la contaminación lumínica a raíz de que el 31 de octubre de 1988 naciera la Ley del Cielo de Canarias. 30 años después, la situación parece haber cambiado, aunque no lo suficiente.

No cabe duda de que la iluminación eléctrica ha supuesto un avance importantísimo para la ciudadanía moderna. Ya nadie se imagina la noche sin luces que la iluminen. Destellos en la publicidad, edificios y monumentos que brillan en multicolor o cañones de luz que indican la localización de una discoteca son solo unos ejemplos de la cotidianeidad nocturna. Está claro que la electricidad se ha convertido en algo irrenunciable, pero ¿dónde termina la necesidad y empieza la ostentación? ¿Cómo marcar un límite entre el servicio público y el derroche energético? ¿Se ha caído en el error de vincular el desarrollo social con el despilfarro? Lo que está claro es que no siempre más luz significa iluminar mejor.

Bajo los cielos, el humano ha aprendido a orientarse, ha sabido en la estación del año en la que vivía y ha mirado a las estrellas para decidir si tocaba recoger la cosecha o para inspirarse con representaciones artísticas. Sin embargo, hoy día, el excesivo alumbrado de los núcleos urbanos provoca un destello difuso en el cielo, que dificulta alzar la mirada y ver algo distinto a la Luna. Es lo que se conoce como contaminación lumínica, un problema que ha permanecido siempre en un segundo o tercer plano y que ahora empieza a no pasar tan desapercibido.

La Comunidad de Canarias fue una de las primeras en darse cuenta de esta cuestión. Sus condiciones climáticas y geográficas le atribuyen un excelente escenario donde poder observar el firmamento. Por ello, hace 30 años (en 1988) el Parlamento Español aprobó la Ley sobre la Protección de la Calidad Astronómica de los Observatorios del Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC) con el objetivo de garantizar un cielo nocturno despejado en el que poder realizar la actividad investigadora de la Astronomía.

30 años de lucha

Ahora, el 31 de octubre, se cumple el trigésimo aniversario de esta iniciativa y son varios los avances y repercusiones que de ella han surgido. Numerosas instalaciones de alumbrado público se han venido modificando desde entonces para conseguir frenar el imparable avance de la contaminación lumínica. Con un simple cambio de bombillas que consumen menos, o el cambio en la orientación de las farolas para que la luz se dirija hacia abajo y no en todas direcciones, se consigue controlar el problema.

Pero no se trata solo de permitir a los amantes del cielo disfrutar tranquilamente de su afición. Un alumbrado responsable permite también disminuir el gasto energético. Según datos de la Oficina Técnica de Protección del Cielo del IAC, el consumo de energía se reduce utilizando luces adecuadas (como las de sodio de baja presión y ledes) y con apagados durante las horas de la noche de aquellas bombillas que no sean necesarias, en un 25 por ciento como mínimo, pudiendo llegar hasta un 40 por ciento.

Por otro lado, con farolas adecuadas que dirijan la luz hacia el suelo, dejando libre la bóveda celeste, se ilumina solo aquello que interesa y, según los expertos, se respetaría mucho más a varias especies animales de hábitos nocturnos que se ven afectadas por tanta luz.

En Canarias, casi tres millones de euros se han invertido para modificar el alumbrado público e intentar aislar a los Observatorios del IAC de la citada contaminación. Toda una batería de medidas que, sin duda, han tenido una repercusión importante tanto nacional como fuera de nuestras fronteras. Buen ejemplo de ello lo constituye ‘Startlight’, una declaración internacional en defensa de la calidad del cielo nocturno y el derecho de la Humanidad a disfrutar de la contemplación del Universo. En otras comunidades autónomas, como Cataluña, Baleares o Andalucía, han surgido ideas y proyectos que también intentan luchar contra este tipo de contaminación.

Electricidad versus Agua corriente

Si comparamos la luz eléctrica con el agua corriente, nadie permitiría que una fuente ornamental no tuviese un circuito cerrado para que el líquido transparente fuese reaprovechado. Y es que tirar el agua está mal visto. Sin embargo, desperdiciar luz en una farola que ilumine demasiado parece no haber calado hondo en la conciencia pública, a pesar de ser este un recurso no renovable. La electricidad se extrae del uranio, petróleo y carbón, todos ellos agotables y contaminantes.

Seguramente, si una pantalla enorme obstaculizara el disfrute del paisaje montañoso que rodea a una ciudad, o de los ríos que la atraviesan, la sociedad mantendría una actitud más crítica frente a un mal diseño del alumbrado público. El motivo es que este también roba a los ciudadanos la posibilidad de disfrutar de otra parte, al igual que la sierra, del paisaje natural: la noche. Si cada uno pone un poco de su parte, aquello de que solo en pueblos pequeños se disfruta de un cielo estrellado pasará a la historia y las grandes urbes recuperarán un tesoro que nunca deberían haber perdido.

FEDERICO DE LA PAZ GÓMEZ (Jefe Técnico de la Oficina de Protección de la Calidad Cielo del Instituto de Astrofísica de Canarias).

LA INSPIRADORA BELLEZA DEL CIELO NOCTURNO

Por Federico de la Paz (IAC).

Cielo de Tenerife sobre el Teie nevado. Crédito: Daniel López.
Cielo de Tenerife sobre el Teide nevado. Crédito: Daniel López.

El cielo ha sido, es y será una inspiración para toda la Humanidad. Los seres humanos hemos observado desde tiempos inmemoriales el cielo para interpretarlo, para entender las leyes físicas que lo gobiernan o simplemente para deleitarnos con su belleza. Este interés en el cielo ha tenido implicaciones muy profundas para la ciencia, la filosofía, la religión, la cultura y sobre nuestro concepto general del mundo.

El indudable valor científico, educativo y cultural que representa el cielo y la capacidad de acceder a la luz de las estrellas no son, por lo general, suficientemente conocidos o valorados. Hoy podemos considerar que el Universo es un laboratorio que atesora una infinidad de conocimientos sin descubrir. De su observación se desprenden día a día nuevos logros científicos y beneficios tecnológicos.

Lo que podemos considerar como el derecho a la observación de las estrellas tiene también otras muchas dimensiones que afectan directamente a múltiples facetas de nuestra vida. La mera oportunidad de observar el firmamento es un componente indiscutible de la calidad de vida cotidiana de los ciudadanos, y es también un referente que permite valorizar y redescubrir el inmenso patrimonio cultural tangible e intangible que hemos acumulado observando los limpios cielos nocturnos.

Una buena parte de nuestro patrimonio cultural se fundamenta en la Astronomía o “conocimiento de la estrellas”. Stonehenge, Tebas, Giza, Chichen-Itzá, Delos o Mesa Verde son solo algunos de los monumentos que simbolizan este legado, al que hay que sumar la infinidad de manifestaciones artísticas y etnográficas que se conservan en todas las latitudes de la Tierra. Un patrimonio que también se expresa en las medidas del tiempo y en el arte de navegar en todas las épocas, en la lectura del firmamento para saber cómo obtener abundantes cosechas, o en ese espacio imaginario en el que muchas culturas han basado las predicciones del futuro.

Desde Aristóteles a Copérnico o Galileo, el cielo nocturno ha marcado la historia de la Ciencia y la percepción cultural del mundo. Muchas de las manifestaciones relacionadas con las estrellas refuerzan la identidad de pueblos y culturas. Incluso algunas de las grandes rutas del conocimiento, la peregrinación o el comercio han sido diseñadas con las estrellas. Tal es el caso del Camino de Santiago sustentado por la Vía Láctea, la cosmogonía en la que se basa la peregrinación a La Meca o el impresionante recorrido astronómico que aflora en la Ruta de la Seda.

Tampoco debemos olvidar que la visión de los cielos en la noche son la base y el atractivo del desarrollo turístico en muchos destinos del planeta, aportando infinitas visiones, del mar a las altas montañas, contemplando las auroras boreales o los limpios cielos de los desiertos.

El derecho a la observación de las estrellas y a un cielo limpio representa algo que va más allá del hecho de garantizar el desarrollo de la ciencia o el disfrute de las personas, ya que implica también un compromiso con la conservación del medio ambiente y la posibilidad de disponer de los beneficios tecnológicos, económicos y culturales que proporciona de forma continua. Es también, al fin y al cabo, un compromiso con las generaciones futuras.
Si consideramos el cielo oscuro y estrellado una parte de la naturaleza y nuestra herencia del mundo y de la vida, entonces deberíamos tratar de preservarlo. Con ello garantizaríamos no solo un recurso para los científicos, sino un patrimonio para las generaciones futuras y el paisaje más inmenso que podemos admirar.

FEDERICO DE LA PAZ G. (Jefe Técnico de la Oficina de Protección de la Calidad Cielo del Instituto de Astrofísica de Canarias).

Citas de interés:

“El cosmos es todo lo que es, todo lo que fue y todo lo que será. Nuestras más ligeras contemplaciones del Cosmos nos hacen estremecer: Sentimos como un cosquilleo nos llena los nervios, una voz muda, una ligera sensación como de un recuerdo lejano o como si cayéramos desde gran altura. Sabemos que nos aproximamos al más grande de los misterios.”
CARL SAGAN

“Las personas pertenecientes a las generaciones futuras tienen derecho a una Tierra indemne y no contaminada, comprendido el derecho a un cielo puro; tienen derecho a disfrutar de esta Tierra que es el soporte de la historia de la Humanidad, de la cultura y de los lazos sociales, lo que asegura a cada generación y a cada individuo su pertenencia a la gran familia humana.”
DECLARACIÓN UNIVERSAL DE LOS DERECHOS HUMANOS DE LAS GENERACIONES FUTURAS

“…pero soy constante como la estrella polar, que por su fijeza e inmovilidad no tiene semejanza con ninguna otra del firmamento. ¡Esmaltados están los cielos con innumerables chispas, todas de fuego y todas resplandecientes, pero entre ellas sólo una mantiene su lugar…”
WILLIAM SHAKESPEARE

“Frente al cielo inmenso y puro de un incendiado añil, mis ojos se abren noblemente recibiendo en su calma esa placidez sin nombre, esa serenidad armoniosa y divina que vive en el sinfín del horizonte.”
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

“Soy hombre: duro poco y es enorme la noche. Pero miro hacia arriba: las estrellas escriben. Sin entender comprendo: también soy escritura y en este mismo instante alguien me deletrea.”
OCTAVIO PAZ

Un hito en la Física del siglo XX

El legado de Cecilia Payne-Gaposchkin

Trabaja con amor, acepta lo inesperado, no dejes que nadie más tome decisiones intelectuales por ti y permanece siempre en contacto directo con la fuente.

(Cecile Payne-Gaposchkin)

Por Lucio Crivellari y Alejandra Rueda (IAC).

Cecilia Payne-Gaposchkin.
Cecilia Payne-Gaposchkin. Crédito: Harvard University College.

Después de que en 1987 Joseph Thomson relevara experimentalmente la existencia del “átomo de electricidad” (más tarde llamado “electrón” por George Stoney) y de que el experimento de Ernest Rutherford en 1912 hubiera arrojado nueva luz sobre la estructura del átomo, los dos mayores problemas que tenían intrigados a los físicos atómicos eran, por un lado, la estabilidad de los átomos, y por otro, su espectro de línea. El modelo atómico de Niels Böhr allanó el camino en 1913 a las teorías modernas sobre el comportamiento y la estructura atómica. La gran cantidad de resultados de laboratorio recopilados y organizados por Johannes Rydberg en las últimas décadas del siglo XIX y, posteriormente, colocados en un esquema ordenado por el principio de combinación de Walther Ritz, estableció el terreno empírico para la solución del segundo problema. Sin embargo, gran parte del mérito de la interpretación sobre bases físicas sólidas de los resultados fenomenológicos anteriores debe atribuirse a Cecile Payne-Gaposchkin.

De Wendover a Lexington

La astrónoma anglo-americana Cecilia Payne nació en Wendover, Buckinghamshire,(Reino Unido) el 10 de mayo de 1900. Fue la mayor de los tres hijos fruto del matrimonio entre Leonora Helena y Edward John Payne, abogado, historiador y músico consumado. Este falleció cuando Cecilia tenía cuatro años y, su madre, pintora y música, la introdujo en el mundo de los clásicos, lo que le marcó para el resto de su vida. En 1931, durante sus años de colegio, se burlaban de ella diciendo que era una niña que leía a Platón por placer. Asistió al colegio femenino St Paul’s Girls School y en 1919 obtuvo una beca en el Newnham College, de la Universidad de Cambridge, donde estudió botánica, física y química. Allí asistió a la conferencia de Arthur Eddington, quien en 1919 encabezó una expedición a la isla del Príncipe, en el Golfo de Guinea, para observar y fotografiar estrellas cercanas y un eclipse solar como una prueba de la teoría general de la Relatividad de Einstein. Esta charla despertó su interés por la Astronomía.

Cuando completó sus estudios en Cambridge, no obtuvo la certificación de su carrera ya que esta universidad no acreditó a las mujeres hasta la segunda mitad del siglo XX. Desilusionada por sus perspectivas de futuro en Inglaterra, solicitó una beca en el Harvard College Observatory, que se convirtió en su hogar hasta el día de su muerte, el 7 de diciembre de 1979.

Después de obtener la ciudadanía estadounidense, Payne realizó un viaje por Europa en 1933. A lo largo del recorrido visitó varios países, entre ellos Alemania, donde conoció al que un año después se convertiría en su marido, Sergei I. Gaposchkin, cuyo apellido se incorporó al suyo y por eso también se le conoce como Cecilia Payne-Gaposchkin. Tras la boda, se asentaron en la ciudad de Lexington (Massachusetts), donde tuvieron tres hijos. La familia formó parte de la primera iglesia unitaria de la localidad y ella enseñó en la escuela dominical. También fue muy activa con los cuáqueros de la comunidad.

Doctorado en Astronomía

El astrónomo Harlow Shapley persuadió a Payne para que escribiera una tesis doctoral, por lo que en 1925 se convirtió en la primera persona en obtener un doctorado en Astronomía en Radcliffe, la vertiente femenina de la Universidad de Harvard. El título de su tesis fue “Atmósferas estelares, una contribución al estudio observacional de la alta temperatura en las capas internas de las estrellas” y apareció en forma de monográfico en el primer número de la publicación del Observatorio de Harvard. Los astrónomos Otto Struve y Velta Zeberg lo llamaron “indudablemente la tesis de doctorado más brillante jamás escrita en Astronomía”; y, a raíz de ella, en 1926, cuando tenía 26 años, se convirtió en la científica más joven en entrar en la lista “American Men of Science”.

Payne permaneció científicamente activa durante toda su vida, pasando toda su carrera académica en Harvard, a la que alguna vez se refirió como “una madrastra de corazón de piedra”. Cuando llegó a esta Universidad, no tenía un cargo oficial y durante 11 años fue considerada “asistente técnica” de su director. Hubo momentos en los que barajó la posibilidad de abandonar como consecuencia de su bajo estatus y el pobre salario que recibía. Sin embargo, Shapley se esforzó hasta conseguir que en 1938 recibiese el título de “Astronomer” y posteriormente ascendiese a “Philips Astronomer”. En 1943 fue elegida miembro de la Academia Estadounidense de las Artes y las Ciencias.

Cuando Donald Menzel fue nombrado Director del Harvard College Observatory en 1954, continuó la labor de su predecesor intentando mejorar el estatus de Payne. En 1956 se convirtió en la primera mujer en ser profesora titular dentro de la Facultad de Artes y Ciencias de Harvard. Más tarde se convirtió también en la primera mujer en dirigir un departamento en Harvard optando a la Cátedra del Departamento de Astronomía.

Logros científicos

Entre sus aportaciones a la Astronomía, la más destacada fue relacionar las clases espectrales de las estrellas con sus temperaturas reales aplicando la entonces reciente teoría de la ionización del físico indio Meghnad Saha. Demostró que la variación en las líneas de absorción estelar se debía a las diferentes cantidades de ionización a diferentes temperaturas, no a diferentes cantidades de elementos. Descubrió que el silicio, el carbono y otros metales comunes que se ven en el espectro del Sol estaban presentes en aproximadamente las mismas cantidades relativas que en la Tierra, de acuerdo con la creencia aceptada de la época, que sostenía que las estrellas tenían aproximadamente la misma composición elemental que la Tierra. Sin embargo, también descubrió que el helio y particularmente el hidrógeno eran mucho más abundantes. Su tesis estableció que el hidrógeno era el elemento principal de las estrellas y, en consecuencia, el elemento más abundante en el Universo.

Cuando se revisó la tesis de Payne, el astrónomo Henry Norris Russell quiso que la corrigiese para que no concluyese que la composición del Sol era fundamentalmente hidrógeno y, por lo tanto, muy diferente a la de la Tierra, lo que contradecía a la teoría cosmológica del momento. Como no estaba de acuerdo con ella, determinó que el resultado de la tesis de Payne era “espuria”. Sin embargo, cuatro años después, tras obtener los mismos resultados que ella por diferentes medios, tuvo que rectificar y reconocer el trabajo y el descubrimiento de Payne, lo que hizo en un breve artículo. A pesar de ello, a menudo se le atribuyen las conclusiones a las que Cecilia había llegado antes que él.

Entre 1920 y 1979 publicó alrededor de 150 papers y algunos monográficos, incluido “Las estrellas de alta luminosidad” (1930), una enciclopedia de Astrofísica y Estrellas Variables (1938), un manual de astronomía escrito con su marido. También publicó cuatro libros en la década de los años 50 sobre estrellas y evolución estelar. Además, aunque se había retirado de su puesto en Harvard en 1966, recibió el título de profesora emérita de esta Universidad el año siguiente; y continuó escribiendo hasta su muerte. Su autobiografía fue publicada en 1984 bajo el título Cecilia Payne-Gaposchkin: una autobiografía y otros recuerdos.

Fue elegida como miembro de la Royal Astronomical Society en 1923 mientras era estudiante en Cambridge; y, un años después, pasó a formar parte también de la American Astronomical Society. En 1934 recibió el premio Annie Jump-Cannon por sus contribuciones a la Astronomía y en 1936 fue elegida como miembro Sociedad Filosófica Americana y, en 1977, el planeta menor 1974 CA fue llamado Payne-Gaposchkin en su honor.

Mujeres en Ciencia

Según Gabriele Kass-Simon y Patricia Farnes, en su libro Women of Science, la carrera de Payne marcó un punto de inflexión en el Observatorio de la Universidad de Harvard. El observatorio ya había ofrecido más oportunidades en Astronomía a las mujeres. Williamina Fleming, Antonia Maury, Annie Jump Cannon y Henrietta Swan Leavitt, consiguieron notables logros a principios de siglo. Sin embargo, gracias al doctorado de Payne-Gaposchkin y al reconocimiento de su trabajo, las mujeres entraron en la “corriente principal”. El camino que ella abrió a la comunidad científica predominantemente masculina fue una inspiración para muchas mujeres.

Al mirar hacia atrás el panorama del conocimiento humano a lo largo de su larga carrera y al pasar de la evolución del conocimiento científico a la evolución de la cultura, en su autobiografía, Cecilia Payne reflexionó sobre lo que se necesita para anular las fuerzas de la resistencia:

He alcanzado una altura que nunca, en mis sueños más salvajes, habría previsto hace 50 años. Ha sido un caso de supervivencia, no de ser la más apta, sino de ser la más tenazmente persistente. No estaba apuntando de forma consciente al punto al que finalmente llegué. Solo seguí andando, recompensada por la belleza del paisaje, hacia un objetivo inesperado.

Este artículo se ha escrito en el marco del proyecto “El regreso de Henrietta Leavitt. De la escuela a la carrera investigadora pasando por el teatro”, una iniciativa del Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC), con la colaboración de la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT), del Ministerio de Economía, Industria y Competitividad.

Las “Computadoras de Harvard” en la Vía Láctea

Las "Computadoras de Harvard" trabajando.
Las “Computadoras de Harvard” trabajando en la observación, cálculo y registro de los datos recogidos en las placas fotográficas celestes. Crédito: Harvard University College.

Hay quien sostiene que, cuando el director del Observatorio de la Universidad de Harvard, Edward Pickering, seleccionó a un equipo de mujeres para analizar placas fotográficas del cielo nocturno, quizás estuviera más motivado por sacar el máximo rendimiento a su presupuesto que por ofrecer a sus empleadas un trabajo acorde con su valía.

Antes de que se inventasen los ordenadores, los datos que se obtenían de las observaciones del cielo nocturno se analizaban manualmente. Las personas que realizaban esos cálculos eran conocidas como “computadoras”. Si por el contrario se dedicaban solamente a observar, se les llamaba “observadoras”, y si su tarea era anotar los datos recogidos, “registradoras”.

Entre 1877 y 1918, Edward Pickering contrató a varias decenas de mujeres. La persona que le recomendó hacerlo fue Maria Mitchell, la primera profesora estadounidense de Astronomía y, posteriormente, directora del Vassar Colllegue, donde formaba a mujeres para que se dedicasen a este campo como profesionales. Ella le sugirió a Pickering contratar mujeres porque las consideraba más hábiles realizando trabajos tediosos y que requerían gran paciencia. Aunque Mitchell siempre luchó por equiparar los salarios femeninos y masculinos, Pickering podía contratar a dos científicas por el mismo precio que tendría que pagar a un investigador. Las “Computadoras de Harvard” trabajaban días completos, seis días a la semana y cobraban entre 25 y 50 centavos la hora.

Los resultados obtenidos por estas mujeres supusieron numerosos avances y beneficios para la Astronomía aunque no siempre se reconoció y premió debidamente el trabajo de las cerca de 80 investigadoras que pasaron por el Observatorio en esa época.

Descubrimientos con nombre de mujer

Williamina Fleming fue la primera de estas famosas “Computadoras de Harvard”. Embarazada y tras ser abandonada por su marido, comenzó a trabajar para Pickering como empleada del hogar. El director del Observatorio estaba muy disgustado con el trabajo de su ayudante masculino y terminó sustituyéndolo por Fleming, que descubrió la Nebulosa de la Cabeza del Caballo y elaboró el primer Catálogo Draper de espectros estelares clasificando 10.351 estrellas en 17 categorías gracias al sistema que lleva su nombre. También fue la primera en proponer la utilización de letras para la clasificación estelar de acuerdo a la cantidad de hidrógeno observada en los espectros.

Algunas de las mujeres que trabajaban en el Observatorio eran especialistas en Física y Astronomía, como es el caso de Annie Cannon. Ella creó el sistema de clasificación estelar que aún hoy se utiliza y que se vale de 7 letras (O, B, A, F, G, K, M) para organizar las estrellas de las más calientes a las más frías, correspondiendo O a las gigantes azules y M a las enanas rojas.

Henrietta Leavitt, tras formarse en el Radcliff College, entró a trabajar en el Observatorio como voluntaria en 1895, pero no fue contratada hasta siete años después para comparar estrellas variables. Superponía una placa fotográfica sobre otra para detectar la variación del brillo de las estrellas. De esta manera encontró aproximadamente 2.400 estrellas variables y descubrió el patrón variable de las Cefeidas gracias al que se pudieron calcular muchas distancias relativas y absolutas entre estrellas. Su candidatura para el Premio Nobel llegó cuatro años tarde: había fallecido a causa de un cáncer en 1921.

Mujeres del grupo denominado
De izquierda a derecha: Ida Woods, Evelyn Leland, Florence Cushman, Grace Brooks, Mary Van, Henrietta Leavitt, Mollie O’Reilly, Mabel Gill, Alta Carpenter, Annie Jump Cannon, Dorothy Black y Arville Walker, Frank Hinkely y Edward King. Crédito: Harvard University College.

Margaret Harwood también estudió en Radcliffe y, más adelante, en la Universidad de California-Berkeley. Se convirtió en una de las “Computadoras de Harvard” y ocupó el puesto de directora del Observatorio Maria Mitchell en Nantucket, Massachusetts. Su carrera se vio obstaculizada cuando en 1917 descubrió un asteroide que, cuatro días después, fue avistado por el también astrónomo George H. Peters. A pesar de no corresponderle, fue a Peter a quien se le atribuyó el logro.

Cecilia Payne-Gaposchkin fue la primera en aplicar las leyes de la Física atómica en el estudio de la densidad de los cuerpos estelares y concluyó que el hidrógeno y el helio son los dos elementos más comunes del Universo. Su tesis fue considerada durante mucho tiempo la más brillante en Astronomía. En 1956 se convirtió en la primera mujer en alcanzar el puesto de profesora asociada en Harvard y, posteriormente, la primera en dirigir un departamento.

Florence Cushman, trabajó en el Observatorio de Harvard durante cerca de 50 años, entre 1888 y 1937. Colaboró con Annie Cannon en el cuidadoso proceso de observación y clasificación de estrellas para el catálogo Henry Draper entre 1918 y 1934.

Antonia Maury mejoró el sistema de clasificación de Annie Cannon y su trabajo es considerado un elemento integral en el desarrollo de la Astrofísica teórica. Colaboró con Pickering identificando estrellas binarias. Tras un tiempo realizando tareas rutinarias, dejó el Observatorio y se dedicó a la enseñanza. En 1935 se convirtió en conservadora del Observatorio y Museo Draper en Hastings-on-Hudson.

Evelyn Leland fue una astrónoma americana que trabajó en el Harvard College Observatory con Edward Pickering entre 1889 y 1925. Allí estudió espectros estelares, descubrió estrellas variables y realizó publicaciones junto con otras personas del Observatorio.

Mary H. Vann, Alta Carpenter, Dorothy Black, Marion Whyte, Grace Brooks, Johanna Mackie, Arville D. Walker, Edith F. Gill, Mabel A. Gill, Lillian L. Hodgdon, Ida E. Woods, Agnes M. Hoovens, Mary B. Howe, Harvia H. Wilson y Margaret Walton son sólo una pequeña parte de esas científicas que reclamaron el lugar de las mujeres en la Astronomía. Un camino que doscientos años después continúa lleno de obstáculos.

Este artículo se ha escrito en el marco del proyecto “El regreso de Henrietta Leavitt. De la escuela a la carrera investigadora pasando por el teatro”, una iniciativa del Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC), con la colaboración de la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT), del Ministerio de Economía, Industria y Competitividad.

DÍA INTERNACIONAL DE LAS MUJERES

“Mi querida Henrietta, que estás en los cielos…”

Henrietta Swan Leavitt, a la derecha, acompañada de Annie Jump Cannon.
Henrietta Swan Leavitt, a la derecha, acompañada de Annie Jump Cannon. Crédito: Harvard College Observatory.‬‬

Mi querida Henrietta, que estás en los cielos, seguro que del Hemisferio Sur, entre las estrellas Cefeidas de las Nubes de Magallanes, aquellas que tanto analizaste sin llegar a verlas directamente con telescopios. Te enamoraste de puntos negros en frías placas fotográficas sabiendo que en realidad eran grandes soles. Sigue leyendo

LA NEBULOSA DEL ANTIFAZ

La Nebulosa del Antifaz.
La Nebulosa del Antifaz. Imagen obtenida con el telescopio NTT, de ESO, en La Silla (Chile).Romano Corradi et. al. (IAC).

Es época de Carnaval y la “hemeroteca” del IAC ha rescatado para unirse al festejo un artículo publicado en la revista IAC Noticias en 1997 y comentado nuevamente en esa misma revista en 2002 sobre la llamada “Nebulosa del Antifaz” o nebulosa planetaria PN 321.6+02.2. Sigue leyendo

La bella Andrómeda

Andrómeda (1869), de Edward Poynter; Perseo liberando a Andrómeda (1607), de Rubens; Galaxia de Andrómeda, también conocida como M 31 o NGC 224.
A la izquierda, Andrómeda (1869), de Edward Poynter. Arriba a la derecha, Perseo liberando a Andrómeda (1607), de Rubens. Abajo, a la derecha, la galaxia de Andrómeda, también conocida como M 31 o NGC 224. Crédito: Daniel López/IAC.

Andrómeda era hija de Cefeo, rey de la Etiopía oriental, las más próxima al Sol naciente. Su madre, la engreída reina Casiopea, había osado proclamarse superior en belleza a las Nereidas, hijas del dios marino Nereo y de la océanide Doris. Quizá lo hiciera sin caer en la cuenta de que una de esas ninfas marinas, Anfitrite, era la esposa de Poseidón. Error fatal porque, en castigo por el insulto, el supremo dios de todas las aguas envió a Cetus -una voraz ballena- para que asolara el reino, causando devastadoras inundaciones. Sigue leyendo

¿SUPERLUNA A LA VISTA?

Superluna
Figura 1.- Mínimo perigeo lunar (distancia Tierra-Luna=356.355 km; tamaño aparente de la Luna=33,5 minutos de arco) y máximo apogeo (distancia Tierra-Luna=406.725 km; tamaño aparente de la Luna=29,4 minutos de arco) en el periodo que va desde los años -1999 a 3000. La diferencia de tamaños aparentes (desde la Tierra) es de un 14%. Ilustración: Gabriel Pérez Díaz, SMM (IAC). Fuente: Fred Espenak @ astropixels.com.

El próximo lunes, 14 de noviembre, se producirá la mayor y más brillante Luna desde 1948 y hasta 2034, aunque será muy difícil apreciar la diferencia de tamaño Sigue leyendo

ROSETTA, viaje sin retorno

Con su aterrizaje en el cometa 67P/Churyumov-Gerasimenko, la misión de la ESA finaliza sus 12 años de periplo espacial

Imagen a alta resolución del  67P/Churyumov-Gerasimenko
Imagen a alta resolución del 67P/Churyumov-Gerasimenko tomada por NavCam. La imagen contiene varios aspectos interesantes del núcleo cometario. En primer lugar muestra una estructura segmentada formada por dos lóbulos probablemente unidos por gravedad. En el acantilado se observan pequeñas rocas cuyo origen puede encontrarse en algún chorro o jet cercano. De hecho en el mismo acantilado puede adivinarse emisión gaseosa de un incipiente jet. Crédito: ESA.

El proyecto Rosetta nació realmente en 1970, pero sólo 23 años después la Agencia Espacial Europea (ESA) reunió la financiación necesaria para el desarrollo de un vehículo orbital y una sonda capaz de atracar en el núcleo de un cometa. La idea original era visitar al cometa 46P/Wirtanen, pero un fallo en el cohete Ariane obligó a aplazar el despegue y cambiar el destino de la sonda. Otro objeto de la familia de Júpiter, el cometa 67P/Churyumov-Gerasimenko-descubierto en 1969 por los astrónomos soviético-ucranianos Klim Churyumov y Svetlana Gerasimenko-, se convirtió en el objetivo de la misión. Sigue leyendo

Caroline Lucretia Herschel, una astrónoma del siglo XIX con medalla de oro

El esfuerzo en el deporte tiene su recompensa y se colma de medallas; también en el campo de la ciencia, aunque no siempre si se trata de mujeres

CAroline Herschel por M. F. Tielemanm
By M. F. Tielemanm – Between pages 114 and 115 of Agnes Clerke’s The Herschels and Modern Astronomy (1895), Public Domain, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=4671524

Hoy comienza la 15ª edición de los Juegos Paralímpicos en Río de Janeiro, con una participación de 4.350 deportistas (2.700 hombres y 1.650 mujeres) y con retos que conllevan un esfuerzo y compromiso hacia una meta única. Muchos y muchas lograrán subir al podio, como lo hicieron los deportistas españoles en los pasados Juegos Olímpicos, con un total de 17 medallas: ocho para ellos y nueve para ellas. En ciencia también se dan medallas, aunque no es frecuente que las reciban competidoras del sexo femenino. Sí obtuvo una medalla, y de oro, la astrónoma Caroline Herschel hace casi tres siglos, aunque siempre fue eclipsada por el brillo de su hermano. Aun así, ella fue una de las pocas excepciones en la historia de la Astronomía. Sigue leyendo