 |
Teodoro Roca Cortés
Catedrático de Astrofísica de la Universidad de La Laguna
Instituto de Astrofísica de Canarias
La luz visible que nos llega del Sol procede de su superficie,
una finísima capa cuyo espesor es de sólo un 0,1% de su radio. Por tanto, podemos decir
que el Sol mismo con su luz nos impide ver qué hay debajo de la superficie y cuáles son
las condiciones físicas en las que está el plasma allí. Consecuentemente, lo que
conocemos del funcionamiento del interior solar es fruto de las predicciones de modelos
matemáticos que construimos utilizando la física conocida. Así es que la pregunta:
¿podemos obtener información cuantitativa de lo que sucede en el interior solar?, tiene
perfecto sentido. La respuesta es afirmativa y, en este corto relato, voy a tratar de
explicarles la técnica necesaria para ello.
Si acercamos nuestro oído a uno de los raíles de la vía del tren,
somos capaces de saber si un tren ha pasado o va a pasar por allí dentro de poco. Lo que
hacemos en realidad es detectar el sonido que producen las ruedas del tren en su contacto
con los raíles y que se propaga desde allí hasta nuestra oreja (el detector) mucho más
rápido que el tren. El sonido se propaga en forma de ondas acústicas; y la forma ccmo lo
hace depende del medio en el que se propaga, es decir, el material del que están hechos
los raíles. Si son de hierro o de cualquier otro metal o aleación, el sonido se propaga
de forma más o menos rápida.
Estas ondas que se propagan a lo largo de los raíles hasta que se
desvanecen, se llaman ondas viajeras. El caso de un instrumento musical, de una cuerda de
un timple por ejemplo, es ligeramente distinto. Podemos tocar una de sus cuerdas (una
dimensión), la onda viajera se transmite a lo largo de la cuerda en ambas direcciones y
llega a ambos extremos; allí se refleja y ambas vuelven hacia atrás, llegan otra vez a
los extremos, se reflejan y así sucesivamente. Cuando se encuentran unas con otras se
produce el fenómeno de interferencia; la consecuencia es que en algunos puntos de la
cuerda el movimiento se cancela (nodos) y en otros se amplifica, dependiendo de la
longitud de la cuerda, de su tensión y del material de que está hecha. De esta forma, se
selecciona qué ondas pueden permanecer vibrando; estas ondas se llaman estacionarias y,
como sólo dependen de cada situación particular, se les llama también modos propios de
vibración de la cuerda. De esta forma, si podemos medir su frecuencia o su longitud de
onda (el doble de la distancia entre nodos), podemos saber qué estructura está vibrando.
Para afinar el timple (que el sonido emitido tenga la frecuencia correcta), tenemos que
cambiar las condiciones del mismo; como no podemos cambiar la longitud ni el material de
la cuerda, cambiamos la tensión a la que está sometida. Obviamente, cualquier
instrumento de cuerda funciona de forma parecida. Otros instrumentos, como los de viento,
funcionan igual sólo que, en este caso, lo que vibra es el aire en los tubos de las
trompetas, trombones, trompas, etc...
De forma semejante podemos razonar con un instrumento algo más
complicado como es un tambor (dos dimensiones). Cuando lo golpeamos, producimos ondas
acústicas que se propagan hasta donde estamos nosotros. Pero si nos fijamos en la
frecuencia del sonido, veremos que cambia dependiendo de si golpeamos (con la misma fuerza
y en el mismo sitio) un tambor pequeño u otro grande, o dos del mismo tamaño pero
diferente material. Los modos propios de vibración en cada caso son diferentes y tienen
diferentes frecuencias. Como pueden ver, las frecuencias de estas vibraciones nos revelan
no sólo de qué instrumento se trata, sino que también nos informa de su estructura
(grande o pequeño, material de que está hecho, tensión, etc...). En general, en una
orquesta musical cuando están afinando los instrumentos la misma nota emitida por cada
uno de ellos "suena" diferente y su director lo sabe, porque los instrumentos
tienen diferente "timbre", tienen diferentes modos de vibración. Toda
estructura física tiene sus propios modos de oscilación cuyas frecuencias definen su
estructura.
Modernamente este tipo de técnicas han encontrado gran aplicación en
diferentes campos, en concreto la medicina. Hasta hace unos 30 o 40 años era imposible
ver el interior del cuerpo humano sin utilizar un bisturí y abrir al paciente o
irradiándolo con rayos X (dañinos a grandes dosis). Ahora se suelen utilizar diversas
técnicas que permiten hacerlo de forma menos traumática, como la ecografía. Estoy
seguro de que las mujeres saben bien a qué me refiero ya que ahora pueden ver el feto
antes de que haya nacido, es decir, dentro de su propio vientre. Mediante el ecógrafo se
envían ondas de sonido (ultrasonidos) que penetran en el vientre y se reflejan
parcialmente en lo que van encontrando. El análisis de estas ondas reflejadas es el que
permite "ver" qué hay allí dentro, sin necesidad de verlo con nuestros propios
ojos sino con el ecógrafo. Ahora este aparato se usa ampliamente en la medicina interna y
en otras ramas. También se utiliza en la industria para el análisis de estructuras, en
la construcción, etc...
Esta es también la técnica que usan los geofísicos para conocer el
interior de nuestro planeta Tierra. Explosiones, terremotos u otras perturbaciones en la
corteza terrestre excitan los modos de vibración propios de la Tierra que pueden ser
hasta de varios millones; el estudio de parte de ellos o todos en su conjunto por medio de
sismógrafos ofrece la posibilidad de conocer la estructura de las capas que atraviesan.
Bueno, pues de forma similar podemos conocer el interior de nuestro
Sol. Si, ya sé que no podemos ir al Sol y golpearlo o enviarle ultrasonidos; tampoco
podemos instalar allí sismógrafos. No hay necesidad. El propio Sol se encarga de
autoexcitarse a través de movimientos turbulentos en su interior (convección). Estos
crean ondas de sonido que se propagan por su interior, se reflejan y vuelven hasta la
superficie deformándola ligeramente; tan ligeramente que estas deformaciones son menores
que una diez millónesima parte de su radio. Sucede algo parecido en el mar o los
océanos, su superficie se ve deformada por las olas, que no son sino manifestaciones
superficiales de la acción de las ondas que se propagan por su interior. De esta forma,
observando la superficie solar con heliosismógrafos muy precisos, ya sea en el
Observatorio del Teide (en Tenerife) o en el satélite SOHO, podemos descubrir las
frecuencias de las ondas que se propagan por su interior y, de su estudio, podremos
deducir las características físicas del interior solar por donde ellas se propagan. Así
pues, los sonidos del Sol nos envían información de cómo es por dentro. Sus frecuencias
se sitúan alrededor de 3 miliHertzios, que corresponden a una longitud de onda de unos 5
minutos; nosotros, los humanos, no podemos oírlos directamente ya que nuestros oídos
sólo son sensibles a vibraciones de frecuencias entre 100 y 20.000 Hertzios, pero los
heliosismógrafos si pueden detectarlos.
No sólo podemos conocer su estructura, sino también su dinámica. En
efecto, si el interior solar está girando afectará a las frecuencias de las ondas
acústicas, pero no de la misma forma a todas. Estudiando cómo les afecta podemos llegar
a conocer cuál es la velocidad de rotación a diferentes profundidades en el Sol. Así,
la superficie del Sol, que gira más rápido en el ecuador que en los polos, mantiene este
tipo de giro hasta una profundidad de 2/7 partes de su radio; a partir de allí, la
rotación es igual en todos sus puntos, como si fuera una bola (sólido rígido). Esta
capa está situada justo debajo de donde empieza el transporte energético por
convección.
Para poder medir estos pequeñísimos desplazamientos ha habido que
esperar hasta hace un par de décadas. En trabajos pioneros realizados en el Observatorio
del Teide por investigadores del IAC y de la Universidad de Birmingham (Inglaterra) se
pusieron a punto tanto las técnicas instrumentales como de observación. El desarrollo de
ambas ha pasado por el establecimiento de redes mundiales de heliosismógrafos, como la
red GONG por ejemplo, y finalmente ha culminado en tres instrumentos a bordo del satélite
SOHO, los GONG, VIRGO y MDI construidos por consorcios internacionales de científicos de
diferentes países, en los que han participado los del IAC. El resultado de todo ello es
que el conocimiento cuantitativo del interior solar es hoy una realidad, descubriendo gran
cantidad de fenómenos que ocurren allí y aportando datos numéricos que ayudan a
desvelar la bella complejidad del funcionamiento de una estrella, nuestro Sol.
En particular, podemos comparar ahora las predicciones de los modelos
físico-matemáticos antes mencionados con las medidas heliosísmicas. En general,
comprobamos que dichos modelos explican bien, grosso modo, el funcionamiento solar.
No obstante, cerca de la base de la zona de convección no lo hacen y tampoco cerca del
núcleo solar. Ambas zonas son de capital importancia ya que en la primera es donde se
cree que se acumula el campo magnético solar antes de aflorar a la superficie en forma de
manchas, mientras que la segunda es donde se produce la energía solar por medio de
reacciones termonucleares. Las medidas heliosísmicas son tan precisas que permiten
distinguir estos detalles y, por tanto, han revelado nuevos conocimientos y auguran otros
interesantes para un futuro inmediato.
ESPECIAL SOL-TIERRA

|
Red GONG |