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Desde la Antigüedad,
los cometas han despertado inquietud en el ser humano, y no
es para menos pues, aparte de la belleza de su visión, hoy sabemos
que tanto el origen de la vida como la desaparición de algunas
especies, entre las que se encuentran los dinosaurios, pudo
haberse originado tras impactos de cometas sobre la Tierra.
Estas colisiones son improbables, pero no imposibles. De hecho,
en 1994 fuimos testigos directos del choque del cometa Shoemaker-Levy
con Júpiter.
Las referencias
más antiguas que existen sobre cometas son anteriores al segundo
milenio a.C., (véase Pingré, Alexandre Cometographic. Impr.
Royale, 1783). Aunque para algunos investigadores, la primera
observación fiable de un cometa data del 1059/1058 a.C. y es
posible que fuera el cometa Halley. Los chinos cuentan que «una
estrella escoba apareció con el palo apuntando hacia el este».
Mucho tiempo
después, Séneca (4 a.C.-65 d.C) comprendió que eran cuerpos
celestes y no exhalaciones de la atmósfera, como creían Aristóteles
y Ptolomeo. Pero no fue hasta 1577 que Tycho Brahe demostró
que los cometas procedían del espacio, mucho más allá de la
órbita de la Luna. En 1682, Edmund Halley demostraría la periodicidad
de los mismos al probar que el cometa que se observó ese año
era el mismo que se había visto en los años 1456, 1531 y 1607
(cada 76 años, aproximadamente). Su predicción de que el «Halley»
volvería al cabo de otros 76 años se cumplió, aunque él ya estaba
muerto para verlo. La última vez que el Halley nos visitó fue
en 1986.
ÚLTIMOS
COMETAS DEL SIGLO XX
María
C. Anguita (IAC) |